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El talismán egipcio de sir John Soane

yurei @ 15:23 Tags:

Los museos son depósitos de tiempo encapsulado. En ellos se congelan momentos de la Historia para que hipotéticos ciudadanos del futuro saboreen instantes pretéritos. ¿Fue eso lo que diseñó John Soane en el Londres de Jorge IV? ¿O quiso levantar un templo, intacto desde el siglo XIX?

Marzo de 1825. Durante tres noches consecutivas, el número 13 de Lincoln's Inn Fields, en el corazón de Londres, celebra una extraña fiesta. El anfitrión no es otro que sir John Soane, el arquitecto que levantó el Banco de Inglaterra y diseñador de los grandes proyectos del Imperio Británico. Media ciudad rumorea que ha pedido a sus huéspedes que crucen con cuidado la cancela de su nueva casa y se dejen llevar por la luz del más de un centenar de portavelas, candelabros y lamparillas de aceite que ha dispuesto en el suelo.

La sensación es fantasmagórica. La luz produce extrañas sombras en la recargada decoración de la casa. En cada uno de sus rincones asoma un tesoro: un vaso etrusco aquí, una estatua de Isis allá, cuadros con escenas míticas por doquier, bustos de Napoleón, medallas, bajorrelieves... Todo ha sido ubicado con extremo cuidado.Nada es azar.

Soane deja que sus invitados descubran sin ayuda la sorpresa que les ha preparado. Está en la cripta, escaleras abajo. El lugar es un pequeño patio orientado a los cuatro puntos cardinales, en cuyo corazón brilla un objeto extraordinario. Parece un ataúd que irradia luz propia. ¡Y lo es! Se trata de un cofre de más de 3.000 años de antigüedad, tallado en un fino alabastro, en cuyo interior los sirvientes del arquitecto han dispuesto unas lámparas.

El efecto es sobrecogedor. Sobre el alabastro han sido añadidas figuritas fundidas en sulfato de cobre que, al recibir la luz desde atrás, proyectan sus siluetas contra las paredes vecinas.Parece cosa de magia. Y Soane, satisfecho, sonríe. Esa noche está dispuesto a demostrar a todo Londres que Lincoln's Inn Fields es, en efecto, la casa de un mago.

Una vieja caja egipcia. Tan maravilloso sarcófago todavía sigue allí. En la cripta de Soane. En el mismo lugar en el que irradió su luz durante aquellas tres intensas noches. Los mil invitados que entonces se postraron ante él, hoy ya se cuentan por decenas de miles. El número 13 de Lincoln's Inn Fields es, probablemente, uno de los museos más extraños del mundo. Y su misterioso sarcófago, una de las piezas egipcias más valiosas que se conservan en manos privadas. Se trata, nada menos, que del lugar del último reposo del faraón Seti I, padre del célebre Ramsés II, y uno de los gobernantes más importantes que jamás tuvo el país del Nilo.

Siempre que visito Londres, busco unas horas para volver a admirarlo.Y siempre termino formulándome las mismas preguntas: ¿por qué los conservadores del Museo Británico se negaron a pagar las 2.000 libras esterlinas que les pidió su descubridor? Ese cajón de alabastro de tres metros de largo por uno de ancho valía mucho, muchísimo más. ¿Por qué lo rechazaron?

Aquella maravilla fue descubierta en octubre de 1817 por el aventurero e ingeniero italiano Giovanni Battista Belzoni. La tumba que lo albergaba, una enorme galería subterránea en el corazón del Valle de los Reyes tebano, había sido saqueada en la Antigüedad y dentro no quedaba ni rastro de la momia del faraón.

Sin embargo, para fortuna de Belzoni, su contenedor para el más allá seguía intacto. El italiano, pues, jamás supo de quién era aquella tumba suntuosa. En 1817 aún no se habían descifrado los jeroglíficos, y al dueño de aquella morada de eternidad lo llamaron Psamis primero, y Ousirei más tarde.

Hoy, casi 200 años después de aquellos hechos, todavía son muchos los historiadores que no se explican por qué sir John Soane quiso hacerse a toda costa con aquella pieza, y adornar con ella el rincón más lúgubre de su mansión. Tal vez si se hubieran tomado la molestia de indagar en su vida, habrían visto que su empeño no era, en el fondo, tan raro.

Un templo para las musas. Soane, en la tradición que aún preservan algunos arquitectos modernos, estaba fascinado con el ocultismo.En él buscó razones simbólicas para dotar de sentido a sus edificios, y vencer -en palabras suyas- «la moderna falta de intensidad espiritual». Y así, guiado por su compulsivo interés por coleccionar piezas de la Antigüedad, creó un museo a imagen de los célebres gabinetes de curiosidades o wunderkabinetts propios de los siglos XV y XVI. Inmuebles llenos de rarezas que buscaban la admiración de lo extraño, lo maravilloso, y la invitación a meditar sobre ello. Para él un museo era, literalmente, un «templo para las musas», un lugar de recogimiento e inspiración. Y necesitaba una pieza maestra que santificara el lugar.

De algún modo, Soane había ordenado el resto de su colección buscando impactar al visitante. Y consciente del valor de su orden, cuatro años antes de morir, en 1833, consiguió que un acta del Parlamento garantizase que su casa y su colección se conservarían lo más intactas posibles en el futuro. Eso incluía al féretro de alabastro.

Fue en una de mis últimas visitas a su casa-museo cuando descubrí algo inquietante. Una carta enviada por su amigo James Christie el 21 de marzo de 1825, dándole las gracias por la misteriosa fiesta del sarcófago me dio la clave para entender su empecinamiento por hacerse con él.

«Su exhibición», escribió al calor del impacto visual de la tumba iluminada, «fue de particular interés para mí ya que podría coincidir muy de cerca con mis especulaciones sobre el uso de luces en Eleusis».

Christie, naturalmente, se refería a los llamados Misterios de Eleusis, una milenaria tradición iniciática nacida en Grecia y vinculada al mito de muerte y resurrección de Perséfone. Según ese mito, Plutón, Señor de los Muertos, secuestró a la bella Perséfone y se la llevó a su oscuro reino. Pero fue la incansable búsqueda de su madre, Démeter, la que obligó a Plutón a devolver su presa al mundo de los mortales. El mito, repetido una y mil veces bajo infinitas variantes -Cibeles y Atis, Astarté y Adonis, Isis y Osiris-, inspiró todas las grandes ceremonias de iniciación del mundo antiguo... y moderno. Como la masonería.

Y fue masón. Lo demuestran tanto su dedicación al New Masonic Hall, el edificio que levantó entre 1828 y 1830 a escasos cientos de metros de Lincoln's Inn Fields, como un retrato al óleo que cuelga en su museo. El cuadro, pintado tres años después de su fiesta, lo exhibe vestido con atributos propios de esa sociedad iniciática.

Curiosamente, la ceremonia masónica en la que un adepto se convierte en maestro escenifica el tránsito de la vida a la muerte y de regreso a la vida. En ella, el cuerpo simbólico de Hiram Abiff -el arquitecto de Tiro que levantó el Templo de Salomón- es sacado de su féretro. ¿Y qué mejor féretro para un rito así que uno que llevara incluidas las instrucciones para navegar en el más allá?

Me explico: cuando los jeroglíficos del sarcófago de Seti se tradujeron, se descubrió que formaban parte del Libro de las Puertas, un texto mágico con el que el faraón podía vencer cualquier prueba que se encontrara en el país de los muertos.

Los masones ya lo intuían desde hacía tiempo. No en vano, en esa misma ceremonia de acceso al grado de Maestro pronunciaban una letanía que no sabían lo que quería decir. Una frase repetida desde hacía siglos y que rezaba: Ma'at neb-men-aa, Ma'at at-ba-aa.

Cuando en 1822 Champollion empezó a leer las letras egipcias, no tardó en descubrirse que esa misteriosa letanía era una antigua frase egipcia. Un himno a la diosa Maat y a un maestro que la servía. ¿Hiram?

¿Se sintió John Soane heredero de ese mítico arquitecto? ¿Y por qué no?

Javier Sierra. El Pais.

Comentarios(2) »

samue e. soane — 16-12-2007 - 03:28:13 GMT 1

muy interesante buscando de donde salio mi apellido me encontre con esta pagina que me llama la atenciòn y que me hace pensar.-

Yurei — 20-12-2007 - 21:57:32 GMT 1

Hola samue, muchas gracias por tu visita.

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